Opinión


07/11/16

Enrique Álvarez

  1. Desolación en la estación

    La escena tiene lugar en la estación de autobuses de Santander una mañana cualquiera del pasado mes de octubre. Un hombre mayor va a sacar un billete para un autobús de salida inmediata. En la estación ya no hay prácticamente taquilleros. Los billetes se extraen ―quien sepa hacerlo― de una máquina allí instalada. Quien no sepa, puede solicitar la ayuda de un empleado, que, eso sí, se la prestará de un modo muy didáctico. Pero el caso es que la mañana en cuestión, el empleado, pese a su buen talante, no da abasto ―hay mucha cola y mucha gente que hace preguntas― y, bien porque no se percata de que el anciano ha de partir en el autobús inmediato, o bien porque éste confía en que el autobús le esperará unos minutos, no alcanza a atenderle con la rapidez necesaria, y pasa el filo de la hora fatídica, y el anciano se ha quedado en tierra. Su perplejidad desemboca en desolación cuando el propio empleado le informa en el vestíbulo de la estación, junto a la maravillosa máquina, de que ya no tendrá otro autobús hasta la tarde. 

    El incidente es una parábola exacta del mundo desalmado en el que nuestro amor a los juguetes del progreso nos ha metido de cabeza. Quién hubiera imaginado hace unos años esta situación tan demencial: una estación de autobuses llena de viajeros, una única empleada en la taquilla que sólo atiende consultas o reclamaciones, y una sofisticada máquina sacabilletes que sólo es manejada sin agobio por la gente joven, mientras la anciana ―que es mayoritaria entre los usuarios del autobús― se ve en apuros, y mientras en este país llamado Cantabria (o pongan España entera) cada día es más difícil generar puestos de trabajo.

    El progreso era esto, sí señores: más máquinas, menos personas; más electrónica, menos manos y rostros humanos que nos presten atención. Pero lo peor de todo es que el progreso, este progreso, es lo que han querido y van a seguir queriendo quienes nos gobiernan. No vale de nada que un sector notable de la opinión pública esté alertando sobre la dimensión indiscutiblemente trágica alcanzada ya por esta civilización tecnológica en que el hombre ha sido suplantado hoy por la máquina y mañana por el robot. La opinión que domina, y domina cada día más, es que este proceso de mecanización a todos los niveles nos ha dado calidad de vida, nos facilita las cosas, nos ahorra tiempo, hace más rápidas y eficaces las comunicaciones, y también, nos aporta color, brillo, belleza; el color, el brillo y belleza que tenían nuestros juguetes de infancia lo reproducen ahora, con perfección creciente, los inventos maravillosos que nos procuran los genios de la informática.   

    No hay más que ver la cara de felicidad con que los políticos nos anuncian, por ejemplo, que ya no será necesario salir de casa para hacer determinada gestión u operación administrativa. Ya no habrá que verle la cara borde al funcionario de turno. Qué bien, qué placer, que enorme ventaja. Ya no habrá que escuchar aquello de “vuelva usted mañana”, no, ya no habrá que ir ni siquiera hoy, la primera vez, a la covachuela. Todo desde casita, todo desde nuestra preciosa pantallita. Se acabaron las incómodas, humillantes visitas a los edificios públicos. Que sólo queden los funcionarios mínimos: ese es el ideal del buen gobernante. Parece que cada vez que un político anuncia esto ―menos personas trabajando en lo público, más máquinas a nuestro servicio― da pasos decididamente firmes hacia su reelección. Ni que le votaran las máquinas. Algún día lo harán. O quizá ya lo están haciendo.

    ¿Es posible recuperar un mundo en que vuelvan a valer más los seres humanos, las caras, los contactos reales con las personas, que las virguerías tecnológicas? Probablemente ya no lo sea. Probablemente ya es tarde para reaccionar, pero si no lo intentamos, si no hacemos algo por frenar esto, si no somos capaces de engendrar entre todos una fuerza de resistencia a la robotización que se nos viene encima, el mayor problema ya no será que sólo queden puestos de trabajo para los que diseñan, fabrican o venden las máquinas, ni que sólo quede en todo el mundo la cultura que nos impone el imperio que se sustenta en ellas, sino que el hombre habrá perdido para siempre lo que constituyó su razón de ser: la capacidad de saber que hay algo más importante que la eficacia y la perfección técnica. La capacidad también de darse cuenta de que ese ahorro de tiempo que la tecnología nos facilita es engañoso: porque el tiempo que de hecho ahorramos acabamos por dedicárselo también a ella.

    Alguien tiene que decirlo ya: la tecnología es la droga más letal y adictiva que ha inventado el hombre. 

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