Opinión


02/03/17

Enrique Álvarez

  1. La vida que se aleja

    El futuro ya está aquí. Ese futuro hacia el que caminábamos entre el miedo y la esperanza, entre la fantasía distópica y la confianza en el progreso, nos ha alcanzado al fin, se ha hecho presente, es nuestro entorno, nuestro mundo real. Reconozcámoslo, hagamos una breve descripción de él.

    Hasta hace no muchos años, si la memoria no nos engaña, vivíamos en una sociedad donde había mucha autoridad. Demasiada, tal vez. Los policías en la calle eran muy temidos. Los jefes en el trabajo intimidaban lo suyo. Los profesores y los padres mandaban una exageración. También los hombres mandaban sobre las mujeres, o al menos, ellas eran menos libres que ellos: tenían mucha menos libertad para trabajar y desenvolverse en el mundo. Demasiada autoridad, sin duda, aunque habría que admitir un hecho: era una autoridad de carácter personal. Quienes la ejercían eran personas individuales, seres de carne y hueso. Y eso significaba, entre otras cosas, que los sometidos a la autoridad podían hablarle de tú a tú, podían dialogar con ella, por poca humanidad que hubiera en el jefe, en el marido, en el padre, en el policía.

    Hoy, nos hemos liberado en gran medida de los lazos o grilletes que suponía para nosotros aquella red de autoridades, y, sin embargo, la sensación que domina en el mundo es que el hombre -y más aún la mujer- está muy lejos de haber alcanzado esa libertad y autonomía completa que debían de traernos la felicidad. Tras los brotes revolucionarios de la segunda mitad del siglo XX, brotes que no llegaron ni a triunfar ni a fracasar del todo, el mundo parecer hallarse atrapado en una dinámica de lucha permanente por la liberación y por la igualdad plenas, que ya están aquí pero todavía no, como el Reino de los Cielos anunciado en el Evangelio.

    He dicho libertad e igualdad, y he dicho mal, porque si ustedes observan bien, en el discurso del progresismo hodierno ya no se habla prácticamente de libertad. La igualdad reina sola. La igualdad no es ya el valor supremo sino el único: el animal caníbal que devora uno por uno a los demás y se queda como habitante solitario de su trozo de tierra. Todo hay que sacrificarlo sin contemplaciones en aras de la igualdad. En este tiempo nuestro maltrecho, el igualitarismo, la lucha por la igualdad, es el afán obsesivo, obcecado y perturbador de todo proyecto de reorganización de la sociedad humana. Porque ninguna ley, por buena que sea, ningún poder humano, por justo que sea, logrará nunca que en el fluir de la vida los seres humanos seamos verdaderamente iguales. La vida es una cosa, y las matemáticas, la racionalidad, son otra cosa.

    Vivimos ya en una distopía bien tangible. Aquí la tenemos. Tenemos un mundo absurdo. Un mundo donde se lucha cada vez más enconadamente por un objetivo que cada día parece más lejos de conseguirse, o cada vez más lejos de resultar satisfactorio: un objetivo quimérico. Hace ochenta o cien años empezó a lucharse por la igualdad de los sexos. Uno diría que los avances han sido evidentes, pero no: la sensación que se tiene es que las mujeres están más malcontentas que nunca, y véanlas ahí redoblando su lucha, multiplicando de un año para otro ese activismo tenaz, feroz, avasallador, como si los enemigos de las mujeres, los hombres, no hiciéramos por nuestra parte sino incrementar también de mil modos oscuros nuestra oposición a la igualdad de los sexos. Y esto es completamente absurdo. Se diría que alguien ha metido a la especie humana en un callejón sin salida, y que debe de estar ahora mismo partiéndose de risa.

    El activismo político, qué terrible realidad, qué virus formidable de cegueras colectivas. Se genera una fuerza social para lograr una meta, un objetivo que parece valioso y necesario para la felicidad humana, y esa fuerza, a base de acumular energía y de incrementar su masa, acaba por volverse autosuficiente y enloquece hasta el punto de no poder reparar ya en que el objetivo está conseguido, pero la felicidad no ha llegado, porque resulta que tal vez la felicidad no estaba ahí sino en otra parte.

    La igual libertad, la igual dignidad y los iguales derechos hace tiempo que están conseguidos. Pero, como los números de las estadísticas dicen que aún se está lejos del empate, las activistas aprietan y aprietan, cada vez más excitadas por el espectáculo de la infelicidad de tantas mujeres agobiadas por la doble carga laboral y doméstica. Y son incapaces de aceptar, o siquiera de ver, que a lo mejor en estos momentos lo que la Humanidad está necesitando con urgencia no es la igualdad en las estadísticas y la paridad en los cargos profesionales sino hacer entre todos que la vida familiar vuelve a ser posible, que ya casi no lo es. O simplemente que sea posible la vida misma. Al menos una vida en la que quienes nazcan mañana puedan ser acogidos maternalmente como lo fuimos nosotros y nuestros padres y los padres de nuestros padres.

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