Opinión


21/09/18

Javier Domenech

  1. Actitudes que abochornan

    Hace unos meses, en un acto cultural celebrado en Washington, el embajador de España Pedro Morenés, tuvo que poner los puntos sobre las íes al presidente de la Generalitat, quien durante su intervención en el mismo foro y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, había afirmado que en España existían presos políticos. El diplomático ante tal intervención, realizada para varios centenares de asistentes extranjeros, cumplió la misión que le estaba encomendada por su cargo: la defensa de la imagen de España frente a la falsa e inoportuna intervención del Molt Homorable, señor Torra, rodeado de paniaguados seguidores con lacitos amarillos.

    Y hace unos días ha tenido lugar algo similar, pero con diferente comportamiento, esta vez teniendo como protagonista al señor Grande Marlaska, Ministro del Interior del Gobierno español. Mientras un Consejero de la Generalitat afirmaba, siguiendo la monserga habitual, que había que solucionar el problema de los presos políticos catalanes y la actuación de las fuerzas policiales desplegadas en Cataluña, el señor Ministro no replicó,  ni rechazó la falsedad de la afirmación o la impertinencia de su interlocutor y se limitó a volver a hablar de la necesidad del dialogo, la colaboración, etc… ante el estupor de sus subordinados, testigos de lo que se acababa de afirmar. Otra vez, una historia similar, aunque con una diferencia notable. En tanto el embajador de España, funcionario del Estado, defendía los intereses del mismo, el señor ministro de Interior, navegaba entre frases vacías, envuelto en el buenismo y solo le faltaba poner otra mejilla para recibir una nueva afrenta.

    Hay personas que son excelentes profesionales, pero pésimos políticos y el Ministro del Interior parece caer en esta categoría. Su impecable trayectoria como juez, luchando contra el terrorismo cuando era magistrado en el País Vasco, se sustituye ahora por la búsqueda de un dialogo imposible, tolerando las soflamas de un  nacionalista en un acto oficial, rodeado de sus colaboradores de seguridad policial. Los mismos que deberán asegurar el cumplimiento de las leyes, y que por tal motivo se refuerza su presencia en Cataluña. A quienes ostentan responsabilidades de gobierno y más que a ningún otro al Ministro de Interior, del que depende la seguridad del Estado, se les debe exigir la suficiente altura para ser capaces de afrontar el desplante o el insulto de cualquier adversario político, lo que no ha ocurrido en esta ocasión. Podría entenderse una actitud similar en un simple funcionario, evitando cualquier identificación política, pero nunca es tolerable que alguien que forma parte del Gobierno, actúe con semejantes cautelas, debiendo marcar una frontera clara: en España no hay presos políticos, lo que sabe y debería haberlo dicho el señor García Marlaska, tanto como juez en excedencia  y como Ministro de Interior.

    Desgraciadamente, la falta de declaraciones contundentes, en lugar de  angelicales llamadas al diálogo son muy frecuentes y rozan el bochorno. Como lo son algunas ridículas evasivas ante preguntas comprometidas. Aun recordamos a un Ministro de Educación que reconocía no poder hacer cumplir las normas educativas en la Cataluña rebelde, con lo que nos preguntamos qué pintaba como responsable de su ministerio, o la reciente afirmación de la Ministro de Industria, declarándose incapaz de actuar ante el incremento del precio de la electricidad, sin pronunciarse por la promoción de fuentes energéticas alternativas. Como tampoco lo debe tener claro la Presidenta del Congreso, invitando al presidente de la Generalitat, protagonista del bochornoso espectáculo de Washington y delincuente político anunciando el desprecio a las leyes, afirmando que las sentencias no serán acatadas o llamando a la rebelión popular. Pese a ello, la señora Pastor, tiene el cuajo de invitarle ante el Congreso Nacional para que exponga sus argumentos, como si no fuera suficiente escuchar a sus representantes las continuadas sartas de proclamas con que deleitan al auditorio cada vez que tienen ocasión.

    Pero no pasa nada. Ni siquiera cuando las ofensas que nos abochornan se realizan en presencia de un ministro de España o de la tercera autoridad del Estado.

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