Opinión


03/05/19

Javier Domenech

  1. Los Jordis, dos hombres pacíficos

    Los dos se llaman Jordi, como el santo que  luchó  contra un malvado dragón, de cuya roja sangre,  surgió una rosa que el caballero ofreció a la princesa. Pero ahí se acaba la ficción. No parecen precisamente santos nuestros protagonistas de hoy. Uno tiene rostro mal encarado de barba entrecana y en ocasiones un cierto aire macarra. El  otro,  aspecto bonachón, como de alguien bienintencionado.  Pero hasta ahí llegan las diferencias. Los dos Jordis están acusados de sedición es decir, tratar de impedir por la fuerza , pública y tumultuariamente, la aplicación de la ley.

    Jordi Cuixart Navarro  cuya madre es murciana, tras haberse formado como metalúrgico, llegó a dirigir una empresa de embalajes que arrastra un endeudamiento bancario de casi dos millones de euros. Aunque no tiene formación universitaria dirige Omnium, tras sustituir en el cargo a Quim Torra, el actual presidente de la Generalitat. Apoyada por importantes empresarios catalanes, durante mucho tiempo Òmnium  organizaba  festivales literarios y otros actos culturales. La burguesía catalana siempre quiso ser distinta para conseguir ayudas y subvenciones, pero su criatura,  poco  a poco fue involucrándose en la lucha por el derecho a la autodeterminación y recibiendo a cambio  más de 12 millones de euros de la Generalitat  desde 2005 a 2016. Una generosa ayuda que jamás  percibió ninguna otra asociación benéfica en Cataluña, y que también ha servido  para pagar  los 3 millones de euros por las fianzas de Carme Forcadell y los cuatro miembros de la Mesa del Parlament procesados. Ahora Cuixart reconoce  que había mentido ante el juez instructor porque "la prioridad era salir de la cárcel al precio que fuera“. Con la fianza asegurada,  como empresario acostumbrado a hacer negocios tramposos, trató de asegurarse las espaldas.
     
    Jordi Sánchez, con su aspecto de chico bueno y de no haber nunca roto un plato, tiene un historial más brillante. Coordinó la organización de mítines de Herri Batasuna en Cataluña y protagonizo múltiples actos de exaltación  nacionalista durante casi treinta años. Con el fin de movilizar la calle se unió a  Asociación Nacional Catalana, sustituyendo en el cargo a Carmen Forcadell, hoy también procesada con ellos,  a quien la prisión ha ablandado su fervor nacionalista. La ANC estaba  encargada  de las últimas concentraciones de la Diada, de llenar el Camp Nou de banderas con el lema de “Som una  Nació” o  de formar las cadenas humanas  con esteladas, senyeras y enseñas amarillas. Como director de la agitación en  poco tiempo llegó a convertirse  en el  "interlocutor válido de las masas". Había alcanzado su gloria.

    Para quienes no conocíamos a estos personajes, nos ha quedado la foto  en que los dos Jordis, el empresario y el padrino de la agitación, aparecieron arengando con un megáfono a la multitud desde el techo de un coche de la Guardia Civil, el día en que se impidió la salida de  una secretaria del Juzgado, obligándola a huir por los tejados. Ellos dicen que pedían serenidad pero no parece una tarea fácil contener a millares  de personas tratando de asaltar la Consejería de Economía, como si fuera el Palacio de Invierno de los zares. Allí estaban los dos Jordis, participando de un  un acto cívico y pacifico y ahora intentan presentarse como domadores de un tigre furioso, pero ambos han sido los agitadores sociales del independentismo. Ambos han  acabado juntos sentados  en un banquillo ante el juez. Y ambos pueden acabar entre rejas o pasar a la gloria. Son dos vidas casi paralelas.

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