Opinión


24/12/17

Javier Domenech

  1. Sin solución

    Pero cómo es que siguen insistiendo con su independentismo, se preguntan muchos. ¿No han visto que son rechazados por todos los países con la excepción de la exótica república de Osetia del Sur?. ¿O como en pocas semanas huían más de 3.000 empresas, bajaba  el turismo y aumentaban sus parados?. ¿El ejemplo de sus líderes encarcelados o imputados por delitos  graves y el horizonte de prisión no han sido suficientes?. La actitud de sus dirigentes, acatando el articulo 155 de la Constitución ¿no es una prueba de la imposibilidad de seguir con su quimera?. ¿Cómo van a pagar sus pensiones, obtener energía, construir infraestruturas, conseguir créditos internacionales?. ¿Aún no se han dado cuenta de que existe un boicot a sus productos  que les empobrece más?. Porque aunque  se diga que  daña a todos los españoles, esto es solo una verdad parcial. Quien no compra productos catalanes los sustituye adquiriendo otros similares en otras zonas de España.

    El sentimiento nacionalista tiene el mismo componente que las creencias religiosas. Cuando alguien está convencido de una verdad que ha sido inculcada desde la propia infancia o cuando ésta ha sido asumida como signo identitario, la raíz de esa idea esta asociada al alma y es muy difícil convencer a nadie de su falsedad. Cuando se cree en una religión o en un dios, los argumentos disuasorios son casi imposibles, aunque ello suponga una vida más dura o riesgo para la misma. ¿Se puede convencer a un musulmán de que coma carne de cerdo, aunque pase hambre?. ¿Dejará su religión el budista que pertenezca a la casta de los parias, aunque este marginado en su sociedad?. ¿Modificaron los cristianos sus creencias pese a las persecuciones ?.

    El independentismo ha hecho de su ideología una religión  que no se puede cambiar con razones, ni pretender que abjuren de la misma con las leyes. Por muy democráticas que estas sean, siempre les parecerán ajenas e injustas. Ningún razonamiento es aceptable para ellos. No hay diálogo ni  pacto posible cuando lo que se exige es todo a cambio de nada.

    Muchos catalanes están convencidos de pertenecer a un país de historia utópica, de poseer unos valores superiores, de no pagar sus impuestos a una España que " les roba", de merecer más que el resto de los españoles. Así fueron educados durante generaciones y no van a cambiar porque la ley no les de la razón. La defensa del sentimiento romántico de pertenecer a otro país cuya historia se falsea, el convencimiento de sufrir una opresión jamás ejercida y olvidar las continuadas prebendas, la creencia de ser mejores que el resto, están incrustados profundamente en la mitad de su población. Quizás los más jóvenes, con el paso del tiempo abandonen esa quimera, de la misma forma que los niños dejan de creer en los Reyes Magos, pero para la mayoría no habrá cambio posible en sus convicciones, y buscarán en el exterior modelos que justifiquen su estado. Un día  Quebec, otro Eslovaquia, otro Escocia, aunque puedan acabar como Kosovo. Unos días claman a Europa. Otros la rechazan. De momento solo los grupos antieuropeístas de ultraderecha muestran una cierta comprensión hacia ellos.

    La sociedad catalana esta fracturada entre quienes se creen diferentes al resto del país y quienes se sienten tan españoles como catalanes. Las sucesivas elecciones y encuestas evidencian  esta brecha permanente y cada vez más amplia, sin que se observen cambios, porque el sentimiento identitario y supremacista está fuertemente inculcado en sus mentes. Y eso no tiene solución ni a corto ni a medio plazo, ni con un gobierno ni con otro, ni con cambios constitucionales ni sin ellos. Sobretodo, cuando no hay una voluntad clara de imponer en Cataluña las mismas reglas del juego que se aplican en el resto de España. Y por si fuera poco, cuando el candidato socialista propone la amnistía por todos los delitos y daños cometidos, con el fin de regresar a un angelical diálogo de sordos.
    Entretanto, Cataluña vivirá en continuo conflicto, se empobrecerá y probablemente ocurra un éxodo, económico y demográfico, inverso al que han disfrutado desde hace décadas. El conflicto, por muchas elecciones que haya, permanecerá en tanto sobrevivan quienes se  mantienen en esa creencia. Así que mejor será que aceptemos esa realidad y nos preparemos para vivir en continuo conflicto durante años. Todo por haber tolerado que el nacionalismo impregnase a varias generaciones de jóvenes, mientras tratábamos de aplacar al mismo con cesiones de competencias y alimentándolo económicamente a costa del resto del país.

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