Opinión


14/04/19

Javier Domenech

  1. Trapero, el jefe de la guardia pretoriana

    En su día centró la atención y la esperanza. De su actitud dependería el éxito o el fracaso de un  referéndum. Y así fue. Trapero,  que según se especula, iba a ser el ministro de defensa de la nueva republica, ahora se presenta como un testigo de cargo contra los acusados o un agente doble dispuesto a detener al gobierno sedicioso. Pero debe demostrar la sinceridad de sus actos o si se trata tan solo de una ultima postura defensiva.

    Cabe preguntarse si el plan de detener al gobierno no solo era verdadero, sino también si iba a ser tan eficiente como el de detener las votaciones aquel día. El Cuerpo de los Mossos  y su jefe han dado motivos para  que, cuando menos, las dudas caigan sobre ellos por lo ocurrido esos días y por sus actuaciones previas. El movimiento independentista ha estado lleno de deslealtades y chapuzas. No es solo que fueran  incapaces de detectar semanas antes un arsenal  de explosivos terroristas en un chalet, ni que no lograron encontrar donde se almacenaban los millones de papeleteas destinadas a la votación del referéndum. Es que incluso entre ellos parece que hubo disensiones. Ahora Trapero se alza  como  cabeza de turco de unos acontecimientos provocados por los políticos.

    ¿Es un traidor como le acusan los independentistas o un farsante tratando de salvarse?. Durante su declaración ante el Tribunal afirmó que había advertido a  Joaquín Forns, que podría haber violencia, y fue éste quien le conminó a cumplir sus órdenes. El rostro del ex Consejero de la Generalitat se desencajó y los abogados de la defensa quedaron desconcertados. Lo que ahora  oían no encajaba con lo esperado. ¿Qué papel jugaba en realidad?. ¿Cómo fueron tan  inocentes, no solo los que impulsaban la proclamación de la independencia sino también la vicepresidente del Gobierno Sáez de Santamaría o el coronel al mando de la Guardia Civil aquellos días de tensión?. ¿Existía realmente un “plan b” oculto como el que ahora nos relata?

    El mayor Trapero, la imagen de la autoridad armada, no se escudaba en un desafío a las leyes, no esgrimía razones políticas, no defendía la voluntad independentista, no cuestiona al tribunal que le juzga. José Luis Trapero, vallisoletano de nacimiento que había ascendido de forma fulgurante al puesto de mayor autoridad en la escala de los Mossos de Escuadra, narraba una historia distinta a lo esperado y  se muestra como víctima de la obediencia debida que se le supone a un militar. Avisó al Gobierno catalán  que debían acatar las ordenes judiciales, y  aseguró que las cumplirían. “Que no se equivocasen con nosotros”  dicen que les advirtió: ”el Cuerpo de los Mossos no iba a quebrar la legalidad y la Constitución. No acompañábamos su proyecto independentista”.  Y surge la gran pregunta: ¿porqué no actuó consecuentemente?

    El problema es que del dicho al hecho hay un recorrido difuso. La pasividad de sus fuerzas, la permisividad e incluso la colaboración en algunos colegios donde se colocaron urnas, no encaja bien con lo que hoy  sostiene. La imagen de Trapero, con su inconfundible andar, oscilando el cuerpo de derecha e izquierda y su rostro con barba de tipo duro, está cubierto por una nube de sospecha.

    Porque la realidad es que ni cumplió su misión como defensor de la legalidad, ni ahora mantiene su lealtad ante quienes le nombraron.

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