Opinión


20/04/18

Javier Domenech

  1. Vivir en las nubes

    Abran las páginas de cualquier periódico, escuchen cualquier emisora de radio o televisión. Los titulares son reiteradamente iguales: Puigdemont y sus afines desafiando al gobierno y los tribunales, denuncias sobre actos de corrupción evidentes o supuestos, y vueltas y más vueltas sobre sí los presupuestos se aprueban o no. Esa parece la España real para cualquier observador.
     
    Del PP se alaba la gestión económica, que muchos consideraron imposible, pero hay que preguntarse si ese logro será suficiente para volver a ganar la confianza de los electores.  Porque por mucho que crezca el PIB, también ocurrió  lo mismo en otras ocasiones, igualmente difíciles. La UCD de Suárez tuvo que afrontar una transición política en medio de un caos económico mundial y al final, pese a sus éxitos, desapareció. González transformó España  modernizándola y abriéndola al exterior, pero perdió las elecciones, envuelto en escandalosas corrupciones que ya parecen olvidadas. Aznar lanzó económicamente al país de forma espectacular, pero también fue derrotado, envuelto en su orgullo y tras perder credibilidad. Incluso con el mismísimo Franco, el país creció, y ahora su protagonista es un proscrito histórico.
     
    Y es que no sólo de pan vive el hombre. Hoy, además de los problemas económicos a los españoles  les preocupa  la situación de Cataluña y la corrupción. Perciben  una falta de liderazgo político y les irrita ver cómo tras aplicar el temido artículo 155 de la Constitución siguen sin tomarse decisiones políticas valientes, con toda la responsabilidad que conlleva la acción de gobernar, para resolver la situación de desafío al Estado que se mantiene viva. La televisión pública catalana  persiste alimentando el separatismo, siguen en sus puestos la mayoría de los responsables del problema y en vez de buscar soluciones  acercándose a los más afines, se continua en la descalificación mutua imposibilitando futuros pactos, para resolver los graves problemas nacionales. Que se llame lenguaraz a  Rivera puede ser un calentón en un encuentro entre afines, pero supone otra piedra añadida a un posible entendimiento. No deja de ser un sarcasmo que  se tilde de imprevisibles o inexpertos a unos posibles socios, mientras se muestra la inoperancia de muchos responsables del Gobierno. Interior es incapaz de mantener el orden en las calles y carreteras de Cataluña,  deteniendo a cuenta gotas a algunos de sus protagonistas. Educación se declara impotente para resolver el problema de la segregación del castellano, Exteriores ignora su labor principal de cuidar la imagen de España y lograr la comprensión de sus socios comunitarios, y Hacienda sigue creyendo que los problemas se resuelven dando dinero a quienes más se aprovechan del chantaje nacionalista.
     
    Es cierto que el partido de Rivera se ha mostrado desigual en sus planteamientos, incluso  contemplativo con algunos casos de corrupción y extremadamente duro en otros o que  la inexperiencia sea una carga que conlleva. Pero muchas veces en política  lo que entusiasma al elector es el aire nuevo. La política no es solo administrar un país, porque quizás esa labor la realizaría mejor el director general de una multinacional de éxito, sino en hacerlo  atendiendo las necesidades de los ciudadanos y sintonizando con ellos en la manera de pensar. Hay  que recordar que en nuestro pasado  reciente la situación más difícil tuvo lugar en los años de la transición. Ganó UCD, pero en pocos años, fue  derrotada por un partido socialista dirigido por unos jóvenes inexpertos y una militancia de aluvión, porque lo que la ciudadanía pedía era un cambio. Ahora estamos en una situación similar. Hoy, también un líder bisoño apoyado por el  desencanto hacia los populares o los socialistas, está creciendo día a día  con el simple mérito de haber hecho de la defensa de España su estandarte  y de la lucha contra la corrupción su arma principal. Algo que los demás olvidaron, enredados en pactos o enfrentamientos.
     
    Mientras el PP se enroca  en la defensa de la gestión económica, sin que sus logros parezcan convencer a los electores, los socialistas  buscan una nueva identidad volcándose hacia la izquierda más radical y más alejada del centro. Con estos mensajes de resignación, ni el PP  van a levantar a sus alicaídos partidarios, ni el PSOE recuperará a sus electores perdidos. Ya no vale pensar en ser mejores porque los demás son peores. O se suscita una nueva sensación de liderazgo y de cambio, o los dos grandes  partidos pueden despertar con una  dolorosa resaca por haberse creído los reyes del mambo y vivir en las nubes. Y al tiempo me remito.