Opinión


24/03/20

Enrique Álvarez

  1. El optimismo blasfemo

    Seguramente ustedes habrán leído u oído quejas, más de una vez, de personas católicas por el silencio a que se somete la llegada del tiempo cuaresmal en nuestro país. Los medios nos informan sin falta del Ramadán o del año nuevo chino, pero nunca dicen una palabra del Miércoles de Ceniza ni del periodo que este día abre. Y si se piensa bien, no deja de ser un hecho lógico. Tal silencio, tal ninguneo, es el fruto natural de una sociedad autosuficiente, que no necesita de penitencias ni austeridades. La humanidad de nuestro tiempo sólo cree depender de sí misma, y no tiene para qué hacerse merecedora de gracias y favores de ningún ser superior. El hombre es el ser superior, y su capacidad de progreso es lo más parecido a la omnipotencia divina que pueda darse en el universo.

    Pero resulta que este año la austeridad y la penitencia nos han venido impuestas a la fuerza. La llegada de un virus inesperado nos somete a todos a un ayuno doloroso y prolongado, y sería muy conveniente para nuestro futuro que no lo sufriéramos en balde, que sacáramos partido a la experiencia. Claro que no me refiero sólo a un partido material, a una ganancia en términos prácticos. Quiero decir, sobre todo, que deberíamos convertirnos, deberíamos cambiar, individual y colectivamente, hacernos más humildes, más adictos a la verdad, es decir, mejores personas. Existe el peligro de que no sea así, el peligro de que nos vuelva a traicionar nuestro optimismo blasfemo.

    Estoy seguro de que en el momento en que escribo este artículo, veinte horas después de que el presidente del gobierno español proclamara el estado de alarma y reconociera la extrema gravedad de la plaga vírica, la mayoría de los españoles piensa que a mediados de la primavera esto se habrá superado y que sólo quedarán los daños económicos, que en su mayoría, en unos cuantos meses estarán en vías de resarcimiento por la fuerte recuperación. Y además de esto, los poderes públicos habrán aprendido un montón de cosas sobre las epidemias y el modo de combatirlas, o sea que vendrá a cumplirse aquello de que no hay mal que por bien no venga. Y aquí paz y después gloria.

    Pero, si nos quedamos en eso, si no queremos ver el significado profundo de este coronavirus, quizá nos apartaremos para siempre de toda posibilidad de evitar la catástrofe final. Y el significado profundo, aunque no por profundo menos evidente, de este coronavirus es que “no somos nada”: a pesar de Descartes, de Locke, de Darwin, de Einstein, de Neil Armstrong, de Bill Gates, de Steve Jobs, y de toda la caterva de genios del progreso científico, somos tan poca cosa que basta una pequeña enfermedad, un virus medianamente agresivo (nos vendrán otros mucho peores que el Covid 19), para que todo amenace con venírsenos abajo.   

    De modo que menos optimismo con el poder del hombre, menos arrogancia con ese futuro hipertecnológico que ya estaba casi aquí y que, según decían, nos iba a librar incluso de la muerte. In ictu oculi, en un abrir y cerrar de ojos, una plaga cualquiera nos puede reducir a polvo. Porque somos polvo, ceniza, como nos dijeron hace unos días en algunas iglesias de Santander (no en todas), somos de la tierra (“humi”), de la que estamos hechos. Porque somos hechuras, no hacedores. Alguien nos ha hecho libremente, Alguien nos ha creado de la nada más absoluta. Y si no queremos verlo y reconocerlo, si persistimos en el error de pensarnos cuasi omnipotentes y dueños de nuestro futuro; si nos olvidamos de invocar a Aquel a quien se le debe todo, si sólo confiamos en la cuarentena y el esfuerzo colectivo para esperar que en el mes de mayo todo volverá a ser igual o mucho mejor que era, pobres de nosotros los europeos.