Opinión


12/11/19

Enrique Álvarez

  1. Aquel dictador y esta iglesia

    No ha gustado ni a tirios ni a troyanos la actitud de la Iglesia española, o por mejor decir, de su jerarquía, en el extraño caso del desentierro de un antiguo jefe del estado que fue dictador o caudillo. Tanto para quienes albergan algún género de estima y gratitud, más o menos viva, hacia el personaje, como para aquellos que abominan de él sin la menor concesión, los obispos españoles han tenido una actitud poco digna, por no decir triste.

    ¿Qué han hecho los actuales sucesores hispanos de los apóstoles de Cristo frente el césar Sánchez en esta ofensiva del desentierro? Asentir y callar. Es decir, no han hecho nada, ni apoyarla ni hacerle frente: dejar hacer. Bueno, han hecho algo: dejar solo al abad del monasterio benedictino, responsable canónico del lugar, que se opuso al desentierro, que lo denunció como una profanación en toda regla. Y profanación fue, desde el momento en que el lugar es sagrado y, salvo orden formal de algún superior que lo autorizara (de la que no se tiene noticia), o salvo que en España hayan desaparecido los lugares sagrados (que todo podría ser), la fuerza del Estado no podía actuar en él sin violar normas jurídicas básicas de nuestra civilización, por mucho que el Tribunal Supremo le haya dado respaldo.

    Creo que la Iglesia española ha perdido una nueva oportunidad de reivindicarse ante la opinión pública, de lavar esa imagen que tiene de tibieza, de debilidad, de insipidez. Por supuesto que este asunto era muy vidrioso para ella. Por supuesto que hubiera sido muy temerario oponerse a una ofensiva en la que el partido socialista se jugaba tanto. Por supuesto que resulta entendible que la Iglesia haya preferido reservar fuerzas, o energías martiriales (si se me permite la expresión) para causas más importantes que la defensa numantina de un tirano y del “no lo moverán”. Pero había formas de pronunciarse y de dar la cara sin ir al choque frontal. Porque se daba la circunstancia de que ese tirano al que sacaban de su tumba prácticamente por la fuerza para trasladarlo a otro sitio, en contra del deseo de sus descendientes, fue el hombre que salvó a la Iglesia de la más feroz persecución contra los cristianos que hubo en Europa desde los tiempos de Roma. Y aunque ese hombre hubiera firmado muchas sentencias de muerte y hubiera montado un régimen que segó las libertades políticas durante cuarenta años, no dejó de promover la libertad de la Iglesia, no dejó de promover a lo largo del tiempo el mensaje y los valores cristianos en todos los ámbitos de la sociedad, ni dejó de favorecer el progreso de una nación que estaba sumida en un profundo subdesarrollo hasta convertirla en ese país pletórico de energía y de posibilidades que era la España de 1975.

    Hubiera sido necesario que algunos obispos dieran un testimonio en tal sentido, que habría sido un testimonio en favor de la justicia y de la verdad, porque a Franco se le denigra  oficialmente como a un Hitler o a un Mussolini, que fueron genocidas y dejaron devastados a sus países, una equiparación ya arraigada entre nuestra juventud que supone cuando menos una falta de decencia intelectual y por supuesto un ataque a la memoria histórica de calibre grueso.

    Pero lavarse las manos como Pilatos, o callar para evitar males mayores, no va a impedir que éstos vengan, porque están viniendo ya, indudablemente: la mayor mentira de todo este asunto exhumatorio es la de decir que supone el final de algo, el final de una gran anomalía de nuestra democracia, cuando todo apunta a que, al contrario, es el comienzo, o más bien la aceleración de una anomalía mucho más terrible: la eliminación sistemática de los signos de la fe católica en los espacios públicos del país que está en la agenda de todos los partidos de izquierda e incluso de los de centro. Para hacer frente a ello, y después de este caso de Cuelgamuros, cabe preguntarse qué voz, qué respetabilidad esperan tener los obispos.

    Claro que también cabe pensar que a muchos de los representantes de la actual Iglesia española les importaba un pito el Sr. Franco Bahamonde y el legado de la España que él gobernó hasta 1975. Cabe pensar que esta jerarquía tiene ya muy poco que ver con la de entonces. Se diría que son dos iglesias completamente distintas. La existencia de dos iglesias católicas simultáneas ahora mismo es un hecho. No es que haya un cisma formal, por ahora, pero entre aquellos pastores que defendían con celo primordial la fe de Cristo, y estos de hoy, que, en su parte más señalada, parecen resignarse a que la Iglesia se limite a seguir prestando determinados servicios asistenciales media un abismo.  

    A los obispos de entonces les hubiera horrorizado esta damnatio memoriae del hombre que salvó a España de caer en el totalitarismo marxista. A los de hoy, es de creer que les molesta mucho que se les siga relacionando con el dictador sanguinario que tiñó de ignominia duradera al catolicismo español. Y se diría que lo quieren lejos, que nada quieren saber de él. Pero estos pastores que tal vez esperan un futuro mejor para la religión de Cristo cuando la izquierda española ya no tenga ninguna cuenta que saldar con la Iglesia, tal vez hubieran hecho mejor en aplaudir el desentierro de Franco, en elogiar al césar Sánchez sin disimulo, que no en quedarse en tierra de nadie, ni fríos ni calientes, como la Iglesia de Laodicea (Apocalipsis, 3, 16).

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