Opinión


14/03/19

Javier Domenech

  1. Letrinas fuera de Twitter

    Que un dirigente  político intente vender una mentira , es desgraciadamente casi la norma. Pero muchos debates televisados, están protagonizados, en ocasiones monopolizados, por comentaristas que exponen sus convicciones,  con la amable complicidad del moderador  dándose  por ciertas,  afirmaciones que son falseamiento de hechos históricos constatados o justificaciones de desafíos constitucionales. A ningún profesional se le ocurrió un negro 23 de febrero, ni tertulia televisiva alguna televisivo  dio cobijo  a periodista alguno que pretendiera  otorgar la más mínima comprensión hacia quienes intentaron dar envoltura legal a ese intento golpista. Hoy, 38 años después, se considera el intento de secesionismo  ocurrido en Cataluña el 1 de octubre de 2017 como un problema, sin otra solución que el diálogo político, mirando sospechosamente al tribunal que juzga a los acusados.

    Existen periodistas en muchos medios de comunicación, a quienes se les han  congelado las ideas y cegados en el sectarismo o por un estrafalario sentido del humor,  son incapaces de cualquier objetividad. Pero hay que comenzar a preguntarse por la responsabilidad de las empresas que albergan en sus programas o pagan los servicios de colaboradores habituales  donde se tolere el falseamiento de las noticias o la tergiversación de las mismas. En muchos países, este tipo de periodismo -- ni siquiera amarillo -- es sancionado con el despido profesional, sin contemplaciones. Y no hablo de China, ni de Rusia, sino de  estados tan democráticos como Inglaterra,  Alemania o Estados Unidos.

    En España es habitual,  la pasividad de una derecha pazguata y acomplejada, ha dejado el campo libre a toda la izquierda política, como depositaria única de lo permisible y referente de la moral y de la ética.  Escuchamos cómo se cuestiona la monarquía, cómo en una feria de arte se tolera el escarnio de pujar por la compra de  la imagen del Rey para ser públicamente quemada, vemos manifestaciones sindicales acompañadas de banderas republicanas, tan inconstitucionales como pueden serlo las de las viejas Falange o  Comunión Tradicionalista  e incluso recientemente, el presidente de Gobierno en funciones rinde homenaje a la tumba de Azaña acompañado por la bandera republicana. Pero  si alguien, como hace  Vox, se le ocurre cuestionar la eficiencia del Estado de las Autonomías o la objetividad de la actual Ley de Defensa de Género, de inmediato será situado en la extrema derecha, tachado de fascista y marginado de cualquier foro público como un maldito paria político.

    ¿Porqué una manifestación que defienda la unidad de España es una provocación de las derechas?. ¿Porqué la defensa de principios éticos tradicionales, contrarios al aborto y la eutanasia, son despreciables mensajes ultraderechistas, en tanto que el regreso a los paraísos comunistas responsables de millones de muertos, nunca ha ofrecido la menor muestra de arrepentimiento o vergüenza?. ¿Porqué es  anti constitucionalista pedir la recuperación de las competencias de  Educación por el Estado y no lo es  buscar la caída de la Monarquía?. Todo esto podría cuestionarlo un observador objetivo de la actualidad, pero no ocurre así, y cuesta trabajo encontrar ese mirlo blanco.

    No parece que esté claro en España cuales son los límites de la libertad de expresión. Una editorial puede defender una postura ideológica, pero nunca dar cobijo a profesionales de la insidia o el adoctrinamiento. No son los comentarios indeseables  cobijados en twitters anónimos o firmados los únicos responsables del embadurnamiento de la actualidad, sino la colaboración pasiva y la tolerancia frente  afirmaciones falsas u ofensivas que convierten ciertos debates en letrinas.

    ¿Hay que dar nombres?.  No es necesario. Enciendan sus televisores y contemplen el espectáculo. No les defraudará.

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