Opinión


15/11/18

Javier Domenech

  1. El negro presente del africa negra

    Es la negra actualidad de cada día. Europa, contempla cómo mueren miles de seres humanos en las aguas del Mediterráneo  sin que nada conmueva las conciencias de una sociedad vieja, rica y amparada en su bienestar, pensando que quienes pretenden llegar en pateras o cruzando fronteras son simples víctimas del tráfico de personas o consecuencia de  una partida para mantener posiciones de liderazgo.  Pero hay algo más. Los inmigrantes que  acuden de Somalia, Eritrea o Sudan,  escapan de las persecuciones y del hambre provocados por guerras tribales. Quienes  huyen desde el Africa subsahariana, de Malí, de Chad, de Níger o de la República Centroafricana, lo hacen por  la sequía que impide sus cosechas, pero también por la persecución yihadista. Las guerras y los niños soldados de Liberia o de Sierra Leona, no son solo la consecuencia del tráfico de diamantes, sino de las matanzas tribales habituales en esas zonas. Los que emigran de Nigeria, de Camerún o del Congo, no lo hacen solo abandonando países empobrecidos, sino  por los genocidios constantes que se mantienen desde su independencia.
     
    Pero olvidamos la raíz de los problemas. Los europeos, se distribuyeron el continente africano en 1885 en la conferencia de Berlín,  diseñando las fronteras actuales y durante casi 80 años se dedicaron a la obtención de materias primas, sin  educar a sus habitantes, sin mezclarse con la población local y obteniendo beneficios como señores feudales a través de compañías comerciales. Todo ello, desapareció con la apresurada descolonización  de los años 60 del pasado siglo, cuando surgieron naciones independientes, que  mantuvieron los límites establecidos por los antiguos colonos. Durante el medio siglo transcurrido, todos los países han sido gobernados por dictadores incapaces  de lograr una situación estable. Ningún dirigente se ha mantenido en el poder sin apoyo militar, ninguno ha sido capaz  de alimentar o educar a sus gentes ni de crear estructuras administrativas o democráticas libres de corrupción y ninguno ha aprovechado sus riquezas naturales.
     
    En Africa se  pretende que naciones surgidas de la noche a la mañana, tengan estructuras comparables a las europeas, que desde su independencia han vivido bajo  la corrupción y la tiranía de sus dirigentes que les ha  conducido a la situación actual: transcurrido medio siglo, su situación es  peor que cuando estaban sujetas a la administración colonial. Al final,  reina el caos y las gentes huyen, no solo del hambre, sino de la inseguridad, las persecuciones religiosas y tribales  o la simple codicia de sus gobernantes. Las imágenes de los niños con vientres abultados y piernas ahuesadas, no están causadas solo por las sequías, que siempre ocurrieron en Africa,  sino por la destrucción de cosechas y ganados y la imposibilidad de que les lleguen ayudas, en zonas de guerra continua donde sus verdugos matan a quienes intentan prestarla.
     
    Para explicar esta situación se culpa a las potencias coloniales que las  administraron durante unos años, clamando ahora por una ayuda europea que ponga fin al hambre y que dedique recursos al desarrollo de esos países, sin contemplar la corrupción y la rapiña de sus dirigentes, auténticos responsables del drama.  Existen naciones imposibles, en pleno desierto, sujetas a una economía de pastoreo o en territorios ricos, donde las luchas tribales continuadas impiden cualquier aprovechamiento de sus riquezas. Cuando se descubren recursos desconocidos hasta hace pocos años, como ocurre en Sudán del Sur  o en Zaire, de inmediato estallan guerras para apoderarse de ellos. El exterminio de poblaciones, por motivos políticos o religiosos en el Africa subsahariana  e incluso en Oriente Medio, son la consecuencia de la acción de sus dirigentes o de sus opositores. El caos de Libia, las matanzas de Burundi y Ruanda, los yihadistas del Sahel, la anarquía de Somalia, son responsabilidad de quienes actúan allí,  no de la maldad occidental. Como ocurre con las atrocidades de los talibanes afganos, la guerra civil siria o la del Yemen, aunque sea políticamente incorrecto afirmarlo hoy día.
     
    Europa ha enviado a Africa como ayuda económica más de 120.000 millones de euros entre 2013 y 2017,  una cantidad diez veces superior al Plan Marshall que Estados Unidos destinó a Europa tras la Segunda Guerra Mundial, sin que se hayan visto resultados, sin contar la actuación desinteresada de los misioneros y múltiples ONGs, ni del gasto que supone el inútil envío de tropas con intentos pacificadores de la ONU. Y si  hablamos de inversiones privadas, casi 10.000 millones en los últimos años, se descalifican argumentando que se destinan a conseguir beneficios económicos, aunque den trabajo y comida a miles  de familias, de otra forma condenadas a la miseria.
     
    Esta es la realidad africana. Un continente de estados fallidos, apresuradamente  descolonizado e infectado por la corrupción, los genocidios, el hambre y las epidemias.
     
    Pero claro, Occidente, es el culpable.

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