Opinión


08/12/17

Javier Domenech

  1. La pertinaz sequía

    Ahora que los pantanos están casi vacíos y la sequía impide los cultivos y  amenaza el suministro de agua para las ciudades, se alzan todas las alarmas como si fuese algo nuevo, condicionado por el cambio climático. Mientras que la mayoría de los países europeos,  pueden aprovechar las aguas de sus ríos sin necesidad de construir embalses, en  el nuestro la agricultura más rentable asienta precisamente en la llamada  España seca, donde hoy vemos el fondo  agrietado de los embalses, los ríos convertidos en senderos  pedregosos y los campos cubiertos de hierbas secas aunque con frecuencia  las lluvias torrenciales sean tan dispersas que no rellenan los acuíferos subterráneos. Y volvemos al lamento por la pertinaz sequía. Dicen los expertos que  aparece en España cada seis o siete años, y así viene ocurriendo desde que se tienen  registros. Las cosechas  mueren y en las zonas urbanas, además de la contaminación del aire, se  anuncian  las restricciones de agua. Pero además, por si fuera poco, la disminución de las reservas hidráulicas supone un aumento del precio de la electricidad  y se deberán importar más gas, petróleo y energía nuclear de otros países.

    Para hacer frente a un clima imposible de cambiar y  que periódicamente reduce las  lluvias, desde los tiempos de Primo de Rivera se inició la construcción de pantanos y se continuó durante los años del franquismo, relacionándose este tipo de obra pública con regímenes autoritarios. La habitual burla de la imagen del Caudillo inaugurando pantanos ha derivado a que  desde el 2000 hasta ahora, tan  solo se hayan construido 5 embalses al año y un trasvase de la cuenca del Tajo a la del Segura, que es continuo foco de enfrentamiento entre dos comunidades resecadas. De los diez embalses mayores de España, solo uno, el de La Serena, ha sido construido en plena democracia.  Otro data de 1935, el de Ricobayo. El resto,  a un ritmo de 20 presas anuales se fueron construyendo en la segunda mitad del siglo XX, pero posteriormente ha ido paralizándose su construcción, como si entre los bienes de la democracia, los cielos hubiesen decidido suministrar el maná de las lluvias, antes negado a un país dictatorial. Es mucho más frecuente el lamento por los pueblos de mísera agricultura que tuvieron que abandonarse al construir un embalse, que la consideración de los beneficios que se obtendrían con reservas que permitiesen riegos, agua para beber o energía eléctrica.

    A la vez, durante los últimos años, se ha paralizado la producción de energía nuclear, se ha reducido en una cuarta parte la derivada del carbón y el petróleo, pero ha aumentado  un 150 por ciento la proveniente del gas natural. Y se ha despreciado el trasvase del Ebro, que suponía derivar millones de toneladas de agua inutilizada vertidas al mar, hacia el riego de las cuencas mediterráneas, una obra financiada por la Unión Europea, que hoy estaría casi completada, pero que se paralizó por la oposición de unas comunidades que consideraron que el río les pertenecía en exclusiva, y unos políticos que cedieron a esa estupidez, prefiriendo la construcción de plantas desaladoras, insuficientes, caras y contaminadoras. Mientras tanto, los recursos públicos  se destinaron a la construcción de carreteras, hospitales, aeropuertos, polideportivos, museos y el desarrollo de un estado de bienestar que se  olvidó el agua como parte fundamental de la vida diaria. Ahora los españolitos pueden desplazarse más fácilmente, practicar deportes y gozar de mejor salud, pero quedan al albur de la meteorología, para disponer de agua suficiente pata regar y para beber.

    Hemos pasado de los años del hambre a los años de sed. Y persistimos en la escasez de recursos energéticos. De su factura ya se encargan los impuestos, importando gas, hidrocarburos o energía nuclear de Argelia, Rusia o Francia. Pero el agua no puede importarse del exterior. Sin embargo, una ciega política conservacionista del medio ambiente, una falta de previsión inaudita o los enfrentamientos entre comunidades, recelosas de proveer de agua a sus vecinos, han conducido a una situación como la actual, en la que unos contemplan los cielos y otros las isobaras del hombre del tiempo, esperando con fatalismo el maná de las lluvias, que siempre será escaso.