Opinión


22/10/15

Tomás Amparán

  1. Mis banderas

    Aprovechando la iniciativa por parte de la Asociación ADIC para que se establezca el Lábaro como símbolo oficial de Cantabria, me ha venido a la memoria esos días de vino y rosas en los que se polemizó y se habló tanto y tanto sobre ese lábaro cántabro, que para unos es una invención y para otros la seña de identidad de un pueblo. La historia muchas veces es caprichosa, a no ser que esté perfectamente documentada, cada uno puede hacerse sus propias conjeturas. Y aunque esté escrita en textos antiguos caben mil y una interpretaciones, y sin ir más lejos en la historia para ejemplo tenemos todo lo sucedido en ese maravilloso y a veces controvertido siglo XX. Traigo todo a esto a colación porque me resulta apasionante la historia de esta tierra, que es la mía. Estamos acostumbrados a escribir la historia a nuestro gusto, a utilizarla según el beneficio que nos pueda aportar, todos lo han hecho. Y más cuando hay tan pocas referencias históricas que nos puedan servir para delimitar un tiempo histórico tan largo en el tiempo.

    Intentamos hacer encaje de bolillos para que todo tenga un significado, pero a veces resulta imposible hacerlo más allá de querer hacer real esas leyendas, mitos y fantasías de las que todas las culturas hacen gala. No quiero comparar a Corocotta y las tribus cántabras con el rey Arturo y sus caballeros de la Mesa redonda, y aunque ambos mitos parece que tuvieron su reflejo histórico no podemos negar que hay mucho más de mito que de realidad. Es un hecho probado y contrastado que las guerras cántabras fueron tan reales como que Miguel Angel Revilla es Presidente, pero aunque nos empeñemos en realizar un estudio histórico completo de lo que allí pasó resulta francamente difícil definir lo que sucedió hace 2000 años en esta tierra cántabra en la que nadie se pone de acuerdo ni siquiera en definir sus fronteras. Digo todo esto porque de un tiempo a esta parte nos encontramos con un sentimiento cantabricista que a mucha gente no le gusta. Al que suscribe no le molesta siempre y cuando el afán por conocer la historia y las raíces de este nuestro pueblo no se confundan con otro tipo de cosas que todos conocemos porque nos tocan muy de cerca. Creo que valoramos muy poco nuestras costumbres y tradiciones, que son maravillosas. Y es que durante muchos años se han empeñado en hacer olvidar a las gentes que aquí vivían, el pasado de un pueblo fascinante. No hay que rasgarse las vestiduras por no conocer con más precisión cosas del pasado, más bien lo que hay que hacer es sumergirse en las fuentes clásicas para intentar descifrar el puzle de la historia, pero hay que hacerlo con sentido y responsabilidad. No vamos a ser menos si en aquellas Guerras Cántabras, el valeroso caudillo vestido con pieles de oso no se acercara al mismísimo Augusto en persona reclamando la recompensa por entregarse a si mismo. Tampoco vamos a ser menos si la reconquista empezó en tierras de aquí o de allá, o si fue en la Liébana actual donde murieron todos los musulmanes. Pero por otra parte estaría bien conocer que el Rey Alfonso I de Asturias fue hijo de Don Pedro y por lo tanto Duque de Cantabria. Quizás para muchos la existencia del Ducado de Cantabria no signifique nada, pero si eso forma parte de nuestra íntima historia por que no rescatarlo de las sombras de la historia. El inicio del Principado de Asturias está íntimamente ligado a las gentes de Cantabria. Y así otras muchas cosas más.

    Desde pequeño me inculcaron el amor a esta tierra y sus raíces, nos íbamos todos los fines de semana a la provincia, a recorrer pueblos y conocer los valles y las montañas que pueblan nuestra geografía mientras en el radiocasete del coche sonaban esas melodiosas canciones montañesas. Ser de ciudad y pasar los veranos entre el valle del Pas y el valle de Liébana te da una visión muy completa de cómo es esta tierra. Descubrir paisajes y paisanajes tan distintos convierte cualquier salida en algo maravilloso. Y es que Cantabria da para mucho, ya lo decía aquel conocido slogan que rezaba ese ya famoso ”Cantabria infinita”. Un pueblo que sabe mantener vivas sus tradiciones, que cuida de sus costumbres, es un pueblo rico. No nos hace más paletos emocionarnos escuchando un pasacalles de gaitas o disfrutando de unos bailes con los trajes típicos regionales, todo lo contrario. Digo esto porque muchas veces nos afanamos en ser los más multiculturales del mundo, dando cabida en nuestras fiestas a todo lo foráneo, y perdiendo el sentido de la realidad que nos envuelve. Escuchar los ecos de unas sevillanas en pleno centro de Santander es increíble, cualquier acto tradicional, venga de donde venga es hermoso, pero yo nunca escucho el sonido agudo de una gaita cántabra. No hace mucho estuve un sábado por la mañana en Oviedo y por la calle no paraba de escucharse ese sonido mágico que todo lo envuelve, pero claro Asturias es Asturias, y como siempre ocurre, no podemos  compararnos con ellos.

    En esa polémica sobre las banderas todavía no hace mucho volví a leer en las redes sociales si uno estaba a favor de la bandera oficial de Cantabria o eras del Lábaro, como si se pudiera elegir. No seré yo el que elija entre el mismo sentimiento plasmado en dos colores distintos. Me encanta la bandera de Cantabria, esos colores blanco y rojo son hermosos, es nuestra bandera y me enorgullece cuando la miro, y más si la veo de viaje fuera de nuestra tierra. Pero esa estela dorada sobre fondo magenta significa la lucha de un pueblo indómito por defender lo suyo, qué más da que los insignes historiadores de esta región digan que no tiene base histórica, ¿acaso no fue real la resistencia de este pueblo contra las legiones romanas? Qué más da que aquellos hombres y mujeres no lucharan bajo una misma bandera, para que hoy en día podamos recordar su lucha con un símbolo como ese.

    Y a mí personalmente como no me va a gustar el Lábaro cuando me ha acompañado recorriendo todos los festivales folk que se han hecho en esta región. Es imposible que no me identifique con una estela, cuando aparece en el propio escudo de la región. Pero soy consciente que una cosa es lo legal y otra lo sentimental. Esto no se trata de una guerra de banderas, se trata de sentimientos, y los símbolos no los eligen los gobernantes, los hacen suyos las gentes del lugar. No hay más que salir de Santander, ese lugar que mira a todos los lados menos a su propia Cantabria, para darse cuenta de que ese estandarte, bandera, o como se quiera llamar domina las romerías, las fiestas y todas las celebraciones de la vieja Montaña. Estoy contento que se legalice un símbolo que estaba en la calle para unión de todos y haber evitado caer en la tentación de hacer de él algo excluyente y radical.