Opinión


04/04/17

Enrique Álvarez

  1. Mordernos la lengua

    Puesto que vivimos en un país y en una comunidad en los que ya casi no puede hacerse nada socialmente relevante o eficaz sin el apoyo de los poderes políticos, el presente artículo es un mensaje dirigido a ellos. Es una llamada de atención a quienes ostentan cualquier tipo de mando civil (porque el militar y el religioso ya son sólo residuales) para que empiecen de una vez a trabajar un poco por el prestigio y la dignidad de nuestro idioma.

    Ya estoy oyendo a quienes, tras leer el párrafo anterior, me mascullarán que nuestros políticos no están para gollerías, que tienen asuntos mucho más graves y apremiantes de que ocuparse ahora mismo que lo de arbitrar medidas para que en España, en Cantabria y en Santander el idioma español sea mejor tratado.  O me mascullarán que para eso están los profesores, los educadores, los periodistas. Y también habrá quien me tilde de iluso por creer que las administraciones públicas pueden influir en la evolución de la lengua, cuando es un hecho que ésta obedece sólo a los impulsos del pueblo, o bien a las estructuras socio-económicas del mundo, que están muy lejos de poder ser controladas por los gobiernos de ningún signo.

    Pero, sin negar yo la verdad de la última afirmación (¿qué ministro se atrevería, por ejemplo, a combatir la “anglicitis” que aqueja al español como a todas las lenguas de Europa, cuando no es sino un efecto más de la globalización de la economía), creo que precisamente ahora mismo los gobiernos sí que pueden influir, directa y muy eficazmente, en el saneamiento de nuestro idioma. Y bastaría con referirme, aunque el ejemplo ya sé que no parecerá muy edificante, a lo que han conseguido las administraciones autonómicas en España para preservar y fortalecer las lenguas vernáculas frente al impulso avasallador del castellano.  

    Pueden hacerlo. Los poderes políticos pueden y deben hacer mucho por evitar que la lengua de Cervantes esté, de facto, tan postergada en los usos comerciales e industriales y, sobre todo (lo que más duele), en el ámbito de la cultura y en el de la creación y la innovación. Quien venga prestando un poco de atención al fenómeno lo tiene constatado fácilmente: cada vez que alguien prepara un proyecto novedoso en España y lo ofrece al público o a las administraciones, es prácticamente seguro que lo titulará, lo rotulará, lo decorará por arriba y por debajo con términos procedentes del idioma de Drake. Y da igual que el proyecto sea castizo, o que concierne sólo a la gente de aquí, es decir, que no esté pensado para la exportación. Tratarán de vendérnoslo empaquetado en inglés y con su etiqueta y con su lacito en la lengua de Drake y de Hawkins.

    Se diría que, como vivimos en un mundo cuya valor fundamental es la innovación, hay que adornarse a todo trance con plumas ánglicas porque todo lo que no tenga marchamo ánglico nace ya rancio, obsoleto. Pero ni siquiera aceptando la premisa mayor, es decir que la innovación constante sea  irrenunciable para el progreso de la sociedad, hay razón para que la lengua de McKinley tenga la exclusiva para denominar todo lo novedoso y lo creativo que surja en España.

    Por supuesto que la salud de nuestro idioma adolece de otros males que van más allá de la creciente y desaforada invasión de los anglicismos, pero este mal tiene un efecto simbólico particularmente perverso. Porque es la manifestación de un estado de humillación profunda y vergonzosamente asumida. ¿De cuándo acá no tiene riqueza y dinamismo suficiente el idioma de Quevedo y de Góngora para dar nombre y etiqueta de calidad y de inventiva a cualquier producto que se quiera ofrecer al pueblo o a sus representantes, por mucho que tenga su origen en tierras de Albión o de Apalachia?

    ¿Qué tal si empezamos a implantar en las administraciones públicas mecanismos sencillos de traducción obligatoria de todos los anglicismos que las infectan? ¿Qué tal si empezamos a puntuar o premiar en alguna medida, en cuantos proyectos concurran a convocatorias de ayudas públicas, a los que ostenten epígrafes en hispánico? ¿Qué tal si empezamos a hacer alguna que otra campaña para que los españolitos empiecen a descubrir las maravillas de su propio idioma? ¿Qué tal si nuestras autoridades pensaran por un momento que nada perjudicaría, sino al contrario, que nuestros visitantes extranjeros, incluso los más cutres, descubriesen un poquito, además de la potencia de nuestro sol, la esplendorosa riqueza de la lengua española?

    Y ¿qué tal si surgiera de una vez un alcalde o alcaldesa, o consejero de educación, o rector de universidad, o presidente de gobierno, que dijese: ya vale de tanto mordernos, pisotearnos y menospreciarnos este idioma nuestro, esta gran lengua, la segunda más extendida del mundo, y que, según algunos, tuvo su origen precisamente muy cerca de nuestras playas?