Opinión


16/02/17

Javier Domenech

  1. Todo sigue igual

    El año 2016  con la llegada de Trump y el “Brexit”, ha cambiado la situación geopolítica mundial. En Francia y otros países europeos es posible el triunfo del ultranacionalismo. Millones  de desplazados por guerras se amontonan en las fronteras de Europa, siguen las matanzas en Oriente Próximo, Estados Unidos rompe sus acuerdos comerciales en el área del Pacífico y con la Unión Europea, el futuro de la OTAN se reconsidera, China compra cuanto se le pone  por delante, incluida la deuda de muchos países. Y en España seguimos sin mirar al exterior, porque es peligroso asomarse a las ventanillas. Bastante tenemos con afrontar el problema de Cataluña. Allí, quien roba, no va a la cárcel, como tampoco quién desafía al Tribunal Constitucional o se burla de los símbolos del Estado. En pocos lugares del mundo la libertad de expresión se disfruta como en tierras catalanas, gracias a la complacencia de sus jueces.

    Hemos tenido un invierno, como tantos otros, sin energía suficiente para mantenernos y,  aunque sin viento ni lluvias, seguimos importando como siempre energía nuclear francesa,  gas ruso o argelino y nos olvidamos de cómo conseguir energía solar en el país más soleado del Europa. Rechazamos el “fracking” que ha sustituido al petróleo en Estados Unidos, Canadá y Australia o la fuerza de los vientos  de la que se benefician Alemania, Dinamarca, Suecia, Austria, Finlandia y los países  bálticos. Y nos quejamos del recibo de la luz o  de la alarmante subida las berenjenas, que parecen ser  elemento indispensable en la dieta normal. Llegarán la primavera  y los deshielos, y nuevamente el Ebro se desbordará,  anegando campos de cultivos  o vertiendo millones de toneladas de agua al mar, tras una década de  abandono del plan hidrológico que riegue la España seca.

    Las  pensiones amenazan quiebra, sin que nadie aclare cuál va a ser su futuro, en un país envejecido y con un tercio de su población desempleada. Existen desde hace  siglos, 8.122 ayuntamientos  con una administración dotada de 445.000 cargos públicos, el doble que Francia o Italia y 300.000 más que Alemania, esperando nuevas ofertas de empleo público para atender las necesidades de una gigantesca maquinaria burocrática, presionamos a las empresas con los impuestos más altos de Europa y esperamos ser la alternativa a Londres como futura sede financiera del viejo continente. Somos una potencia mundial en ingeniería civil, aunque las obras se realicen fuera de España, donde  ya no se construyen ni autopistas ni vías para alta velocidad ferroviaria. Muchos pretenden el regreso a la banca pública como garantía futura, mientras pocos recuerdan el hundimiento de las Cajas de Ahorro, infectadas por la acción de los políticos. Seguimos siendo el país preferido en Europa en atracción turística, pero ya estamos pensando en cómo cambiar nuestros horarios para emular a quienes abandonan sus oscuros inviernos y el aburrimiento de las ciudades desiertas desde las seis de la tarde.

    Hemos pasado todo un año, con la atención  centrada en las posibles combinaciones de grupos políticos para elegir un Presidente, con el país dirigido por un gobierno en funciones, sin poder dictar leyes. Jamás el Boletín Oficial del Estado, había  descansado tanto. Durante ese tiempo,  ha habido dos elecciones generales y a punto estuvimos de votar  una tercera por el empecinamiento del "no es no", los remilgos de Ciudadanos y las exigencias de Podemos. Al final, tras la formación de un nuevo Gobierno, dos meses después, seguimos sin presupuestos.

    Y ante este panorama, observen lo que se debate en los Congresos de los Partidos políticos. El PSOE sigue en sus dudas sobre el liderazgo y el futuro de un socialismo para definir el federalismo asimétrico y cambiar una política laboral en la que los sindicatos han sido desplazados en las negociaciones salariales globales por las realizadas a nivel de cada empresa.   Ciudadanos se  duda entre la socialdemocracia y el liberalismo, lo que ya es  notorio a estas alturas en la ciencia política. Podemos  ha sustituido la política de la provocación por la lucha interna  de unos contra otros  sin que parezca unirles otra cohesión que la oposición al sistema. Los  nacionalistas catalanes que protagonizaron el "3 por ciento" durante décadas,  se han echado al monte, convertidos en separatistas confesos unidos a los antisistema, y los vascos miran de reojo, pensando  como siempre, en el lado del que pueden caer las nueces del árbol agitado. Mientras tanto, en el PP parece ser que lo importante es saber si se legalizan la marihuana, la maternidad subrogada o si un  ministro puede ser a la vez Secretario del Partido.

    Como ven, la vida sigue igual.

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