Opinión


26/04/19

Javier Domenech

  1. Turull no sabia nada

    De Jordi Turull, Consejero de Presidencia, dependían los aspectos logísticos del referéndum,  las páginas web y programas informáticos utilizados durante la consulta que fueron restaurados a medida que las fuerzas de seguridad, cumpliendo el mandato judicial, las iban cerrando. El era  responsable del pago de las campañas publicitarias para fomentar el voto en la jornada del 1 de octubre, así como de los gastos en papeletas, censo electoral y citaciones a los miembros de las mesas. Pero según  él, no sabía nada de la compra de  urnas, ni de las facturas. Nada de nada. Como si un acontecimiento de esa envergadura, fuese, además de ilegal,  gratuito.
     
    Pese a todas las evidencias de pago que pasaban por su despacho y por lo que se le acusa de malversación de fondos públicos, afirma que  no era responsable de ocultar  facturas: "No se gastó ni un euro en el referéndum”. En otras palabras o que todo fue gratis o que no se enteraba de nada. Y para despistar más proclama  había que cumplir el mandato de la ciudadanía por encima de defender la Constitución y que en Cataluña "la palabra resignación no existe en el diccionario político". Pues será un concepto político, porque en las cuentas públicas no basta con resignarse. Como todo político que se precie, es asiduo de twitter, donde escribió “el Estado tiene las  alcantarillas, el Tribunal Constitucional y los fiscales, pero Cataluña tiene la gente y la democracia. Votaremos y ganaremos”. Ahí queda eso, como bravata o solemne tontería.
     
    “Barcelona es bona si la bolsa sona” dice el refrán catalán. Y Turull, disponía de dinero de sobra. Todo aquel que fue incapaz de detectar Montoro, el Ministro  de Hacienda que presumía de haber controlado las cuentas de una Generalitat sublevada, tras la suave aplicación del celebérrimo artículo 155 de la Constitución. Ahora, puede  esgrimir todo tipo de argumentos, pero como cajero de la Generalitat en rebeldía, cumplió magníficamente su misión y por ello debe afrontar, por lo menos, una acusación de malversación de fondos públicos.
     
    Turull es un profesional de la política con más de tres décadas ocupando cargos públicos, desde concejal a aspirante a la presidencia de la Generalitat para sustituir a Puigdemont. Tiene por tanto,  más espolones que un gallo viejo y su experiencia política es la mayor de todos los que hoy se sientan ante el Tribunal  que les juzga. En la cámara catalana se le recuerda como azote de sus adversarios, interpretando a su gusto las advertencias de los letrados. Cuando las cosas comenzaron a pintar mal, intentó un alzamiento de bienes, tratando de poner a nombre de su esposa, su patrimonio personal, para evitar multas o condenas, como responsabilidad de sus actos. Según sus cuentas tiene tan solo poco más de 23.000 euros en su cuenta corriente y un fondo de pensiones de 40.000,  pese a cobrar 110.000 anuales como Consejero. Dónde está el resto del dinero ganado en tres décadas de generosos sueldos es un misterio, tan difícil de entrever como el de las urnas no compradas, los gastos generados el día del referéndum o la preparación anterior.
     
    Pero no seamos crueles y concedamos  a nuestro personaje un toque humano. Josep Turull  tiene una debilidad escondida. Es “periquito”, forofo del Español y por tanto, enemigo del Barça, el club que es más que club. Nadie  es perfecto,  claro.

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