Opinión


20/07/16

Javier Domenech

  1. Una Selectividad inútil

    Miles de estudiantes  se han sometido recientemente al  examen de selectividad. La temida prueba ha sido aprobada, como ocurre todos los años, por el 95 por ciento de ellos, lo que deja en la cuneta a un minúsculo 5 por ciento de zoquetes, abriendo las puertas de estudios universitarios a la práctica totalidad. Una de dos, o tenemos un nivel excelente en nuestro alumnado de secundaria o es un trámite inútil. ¿Para qué sirve un examen que conduce prácticamente al aprobado general?. ¿No es suficiente la nota media de los resultados obtenidos a lo largo  de los estudios de secundaria o se trata de otorgar otra oportunidad a quienes durante ese tiempo obtuvieron calificaciones mediocres?. O lo que es peor, ¿deben unas décimas condicionar la vocación profesional de los más capacitados?. De esta forma, nuestras 85 universidades,  ninguna de las cuales figura entre las primeras 300 del mundo, se llenarán de alumnos en busca de titulaciones superiores con la creencia de que eso les abre un futuro mejor. Muchos de ellos, incluso tendrán un acceso con beca, a la que se exige una calificación media de 5,5 , un raspado  aprobado.

    Con el convencimiento de tener la generación de jóvenes más preparados de nuestra historia, masificamos la Universidades con  miles de  alumnos que en otros países se rechazarían por su insuficiente  calificación, convirtiéndolas en simples expendedoras de títulos. Además  de esta permisividad académica, los estudiantes dedican una media de siete años en completar cursos diseñados para realizarse en  cuatro y al finalizar, se encuentran con  que lo estudiado no les sirve y deben completarlo con masters más selectivos. Estos cursos han sustituido la excelencia de las universidades, pero entre los miles que se ofrecen, pocos son los que poseen un nivel de excelencia adecuado e incluso  comienzan a florecer algunos  con  contenidos y calidades mas que ridículos.

    En otros países, la Universidad selecciona a los mejores, permitiendo el acceso solo a los más capaces y dotando con becas a  aquellos que, mostrada su capacidad, no pueden pagar los estudios. No es el caso español, donde  la mayoría  se otorgan con calificaciones mediocres, tan solo atendiendo a la situación económica del aspirante, con la falsa creencia que los estudios superiores son un derecho, del que se encarga el Estado, dedicando más de 9.000 euros por estudiante, aunque  ni esté capacitado ni se esfuerce. Que un país gaste mucho en educación, no garantiza que ésta sea buena. Depende del profesorado, de cómo se enseña y del esfuerzo del alumnado. En España, sin embargo,  casi un tercio de nuestros estudiantes abandonan sus estudios y aunque en educación dedicamos un poco menos que los países de la OCDE (1 punto del PIB),  la eficiencia es mala, gastando mucho en comparación con los resultados.

    Además  existe  una brecha entre la formación que reciben los jóvenes y lo que exige  el mercado laboral. Al  despreciar  la formación profesional y su preparación práctica,  no se puede dar respuesta a la demanda  de las empresas, necesitadas de buenos grados medios, no de excelentes titulados superiores. Producimos más licenciados en Derecho que Francia e Inglaterra juntas, muchos más médicos que Estados Unidos, miles de periodistas, arquitectos y psicólogos  que no lograrán un puesto de trabajo, mientras  carecemos de cuadros intermedios  y otorgamos  rango universitario a dietistas, educadores sociales, profesores de gimnasia e incluso cocineros, pensando que un buen profesional debe tener  siempre una titulación  superior.

    El éxito  se basa en que partiendo de una  igualdad de oportunidades, se premie el esfuerzo y la capacidad. Si consideramos que  la educación superior es un derecho generalizado, la sociedad cae a un nivel  dominado por la mediocridad. Así que no nos quejemos cuando decimos que nuestros chicos no encuentran trabajo. Primero, que los responsables de la educación en España, abandonen su demagogia de derechos para todos, premien el mérito  y ajusten la enseñanza a las necesidades reales de la época en que vivimos. Y segundo que los estudiantes se esfuercen, que aprendan idiomas y que no se cieguen pensando que la Universidad es la puerta  del éxito seguro, por la simple obtención de un título. Aunque hayan aprobado una "selectividad" que no selecciona nada.

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